Cuando la conducta infantil es un mensaje que necesita ser escuchado
En algún momento, casi todas las familias se hacen la misma pregunta:
¿por qué mi hijo se porta así?
Gritos, rabietas, negativas constantes, enfados que parecen desproporcionados o conductas que nos superan. Y, muchas veces, la respuesta que recibimos —desde fuera e incluso desde dentro— es rápida y contundente: “se está portando mal”.
Cada vez que un niño se desborda, su conducta nos está contando algo. No siempre de forma clara ni tranquila, pero sí de manera honesta. Cambiar la mirada del castigo al acompañamiento no significa dejar de poner límites; significa ponerlos desde la comprensión.
El comportamiento infantil como forma de comunicación
Los niños pequeños aún no tienen desarrollada la capacidad de identificar, regular y expresar lo que sienten. Su cerebro emocional va muy por delante de su capacidad racional, y eso explica por qué reaccionan antes de pensar.
Como adultos, solemos centrarnos en apagar la conducta visible sin detenernos a escuchar el mensaje que hay debajo. Sin embargo, toda conducta tiene un sentido emocional, incluso cuando resulta incómoda o desafiante.
¿Por qué aparecen las rabietas y los comportamientos desafiantes?
Las rabietas y conductas intensas no surgen porque sí. Suelen aparecer cuando el niño:
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Está cansado o sobreestimulado
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No se siente comprendido
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Vive una frustración para la que no tiene recursos
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Atraviesa cambios importantes
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Siente miedo, inseguridad o tristeza
En estos momentos, pedir autocontrol es pedir algo que aún no puede ofrecer. Aquí es donde el acompañamiento emocional cobra verdadero sentido.
Acompañar no es permitirlo todo
Uno de los grandes miedos de las familias es pensar que validar emociones implica justificar cualquier conducta. Y no es así.
Acompañar emocionalmente significa:
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Reconocer lo que el niño siente
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Poner límites claros y seguros
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Ofrecer alternativas
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Mantener una presencia calmada
Un límite acompañado puede sonar así:
“Entiendo que estés enfadado, pero no puedo dejar que pegues”.
De este modo, el niño aprende que sus emociones son válidas, pero no todas las conductas lo son. El límite deja de ser una amenaza y se convierte en una referencia segura.
El impacto del castigo sin comprensión
Cuando el castigo llega sin explicación ni acompañamiento, el aprendizaje que se genera no es emocional, sino defensivo. El niño aprende a:
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Reprimir lo que siente
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Obedecer por miedo
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Desconectarse de sus emociones
A largo plazo, esto no enseña autorregulación, sino evitación. Educar emocionalmente es apostar por el largo recorrido, aunque a veces requiera más paciencia y menos resultados inmediatos.
Educar en emociones: una inversión a largo plazo
Un niño que aprende a identificar lo que siente tiene más herramientas para expresarlo, pedir ayuda y regularse. La educación emocional no elimina los conflictos, pero transforma la forma de atravesarlos.
En este camino, el adulto no necesita ser perfecto. Necesita estar disponible, dispuesto a escuchar y a reparar cuando se equivoca.
El papel de los cuentos en el acompañamiento emocional
Los cuentos infantiles son una herramienta extraordinaria para trabajar emociones porque hablan el idioma de la infancia. A través de los personajes, los niños pueden reconocerse sin sentirse juzgados.
Las historias permiten:
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Poner palabras a lo que cuesta expresar
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Normalizar emociones difíciles
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Explorar soluciones desde la seguridad
En mis libros, las emociones no se esconden ni se minimizan. Aparecen como parte natural de la experiencia infantil, ofreciendo al niño un espejo amable donde mirarse y comprenderse.
Cuando el adulto también necesita acompañamiento
Acompañar emocionalmente no siempre es fácil. Remueve nuestras propias vivencias, activa inseguridades y nos enfrenta a límites personales. Hablar de esto también es necesario.
Cuidar de quien cuida es parte esencial de la educación emocional.
Conclusión: detrás de la conducta hay un niño que siente
Cambiar la mirada no cambia al niño de un día para otro, pero cambia el vínculo. Y el vínculo es la base desde la que los niños aprenden a sentirse seguros, comprendidos y capaces.
Educar emocionalmente no es un camino rápido, pero sí profundamente transformador.






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